
De vivir como un dios a convertirse en un ciudadano más
En 1987, el director italiano Bernardo Bertolucci llevó la vida de Puyi a la pantalla con El último emperador, protagonizada por John Lone en el papel del emperador adulto.
La película recorre su vida desde la infancia en la Ciudad Prohibida hasta su transformación en ciudadano de la China comunista. Ganó nueve premios Óscar, incluidos mejor película y mejor dirección, y destacó por haber podido rodarse en buena parte dentro de la auténtica Ciudad Prohibida de Pekín.
Visualmente, es espectacular. Los colores, los espacios inmensos, los rituales y la cantidad de personas que rodean al emperador construyen un mundo que parece pertenecer a otra realidad.
Pero lo más interesante no es el lujo, sino la soledad que se esconde detrás de él.
Puyi está rodeado de gente desde que es niño, pero casi nadie lo trata como a una persona normal. Todos parecen relacionarse con el emperador, con el símbolo o con la oportunidad política que representa. El niño que llora porque quiere a su niñera termina convertido en un hombre que busca desesperadamente recuperar su antigua posición.









En mi opinión, ahí está el corazón de la película. No es solamente la historia de un imperio que desaparece, sino la de una persona educada para creer que su existencia tiene un propósito superior y que, al perderlo, no sabe muy bien quién es.
Eso no significa que debamos sentir lástima por Puyi sin cuestionarlo. El poder del que disfrutó durante su infancia también tuvo consecuencias para quienes estaban a su servicio. Y su colaboración con Japón tampoco puede desaparecer detrás de la imagen de un hombre manipulado.
La película ofrece una interpretación más compasiva de su protagonista y organiza algunos acontecimientos para darles mayor fuerza dramática. Como ocurre con muchas películas históricas, hay episodios condensados, detalles modificados y aspectos de la vida real que quedan fuera de pantalla.
Por eso, conviene verla como una obra cinematográfica basada en hechos reales, no como un documental.
Su mayor acierto, creo, es mostrar cómo distintos sistemas políticos pueden convertir a una persona en un instrumento de sus propios intereses. Primero fue el símbolo de una dinastía; después, una figura útil para los japoneses; finalmente, un ejemplo de transformación para el gobierno comunista.
Cambian los uniformes, los discursos y las banderas, pero Puyi continúa intentando encontrar su lugar en un mundo que ya no se parece al que conoció de niño.Hay vidas que parecen inventadas por un guionista al que se le pasó la mano con el drama. La de Puyi, el último emperador de China, es una de ellas: nació para gobernar un imperio, perdió el trono siendo niño, volvió a ser emperador bajo el control de los japoneses y terminó trabajando como un ciudadano común en la China comunista.
Si esto fuera una película, seguramente alguien diría que el argumento es demasiado exagerado. Pero no. La historia de Aisin-Gioro Puyi es real, y lo más interesante no es que haya sido emperador dos veces, sino que pasó buena parte de su vida intentando recuperar un poder que, en realidad, nunca llegó a controlar por completo.
En 1987, el director italiano Bernardo Bertolucci llevó su extraordinaria historia al cine con El último emperador, una película que retrata la caída de una dinastía y la transformación de un hombre que pasó de ser tratado como una divinidad a tener que aprender a vivir sin privilegios.
Pero para hablar de la película, vale la pena conocer al hombre que estuvo detrás de la corona.
Un niño convertido en emperador
Aisin-Gioro Puyi nació el 7 de febrero de 1906. Era hijo del príncipe Chun, medio hermano del emperador Guangxu, quien había sido apartado del poder en 1898 durante un golpe palaciego impulsado por sectores conservadores de la corte y la emperatriz viuda Cixi.
En noviembre de 1908, cuando Guangxu estaba agonizando, Cixi ordenó que llevaran a Puyi a la Ciudad Prohibida. El pequeño tenía apenas dos años y acababa de ser elegido para suceder al emperador.
Su encuentro con la emperatriz viuda no fue precisamente una escena de película infantil. Según recordó Puyi en su autobiografía, la experiencia lo aterrorizó:
«Se dice que estallé en fuertes aullidos al verla y comencé a temblar incontrolablemente. Cixi le dijo a alguien que me diera algunos dulces, pero los tiré al piso y grité: “¡Quiero a mi niñera, quiero a mi niñera!”, para su gran disgusto».
No deja de tener algo de irónico: mientras los adultos se preocupaban por el destino de una de las dinastías más importantes de Asia, el futuro emperador solo quería estar con su niñera. Para él, aquella mujer era mucho más importante que cualquier corona.
Guangxu murió el 14 de noviembre de 1908 y Cixi falleció al día siguiente. Puyi fue proclamado emperador con el nombre de Xuantong. Como era demasiado pequeño para gobernar, su padre, el príncipe Chun, asumió la regencia, mientras la emperatriz viuda Longyu, viuda de Guangxu, conservaba una posición fundamental en la corte.
Así comenzó el reinado del último emperador de la dinastía Qing.
A partir de entonces, Puyi fue tratado como una figura sagrada. Lo llamaban «Su Majestad el Emperador», «El Hijo del Cielo» y «El señor de los diez mil años». Todo a su alrededor estaba organizado para recordarle que era alguien extraordinario.








Vivía rodeado de palacios, jardines, eunucos y sirvientes que debían obedecer sus órdenes. Tenía privilegios que la inmensa mayoría de los chinos ni siquiera podía imaginar, pero también estaba atrapado en un sistema que no le permitía llevar una vida normal.

Mientras el niño aprendía a comportarse como emperador, fuera de los muros de la Ciudad Prohibida crecía el descontento contra la dinastía Qing. Muchos chinos consideraban que la familia imperial había perdido el llamado «Mandato del Cielo», la legitimidad tradicional que justificaba su derecho a gobernar.
Puyi, por supuesto, no tenía idea de que su mundo estaba a punto de desaparecer.
La revolución y el fin de una dinastía
En 1911 estalló la Revolución de Xinhai, que puso en marcha el proceso que terminaría con la monarquía china. Entre sus principales figuras estaba Sun Yat-sen, mientras el poderoso comandante militar Yuan Shikai negociaba con los revolucionarios y con la corte.
El resultado fue la abdicación de Puyi. El 12 de febrero de 1912, la emperatriz viuda Longyu firmó el decreto que formalizó el final de la dinastía Qing, después de 267 años de gobierno.
Puyi tenía seis años. Era demasiado pequeño para comprender que acababa de perder el trono, y probablemente tampoco entendía por qué aquello debía importarle.
La caída de la monarquía planteó un problema inesperado: ¿qué hacer con la antigua familia imperial? Después de más de dos mil años de tradición imperial, China se había convertido en una república, pero la transición no significó que todos los miembros de la corte desaparecieran de un día para otro.
Se acordaron condiciones especiales para la familia imperial. Puyi conservaría su título y podría seguir viviendo en la Ciudad Prohibida, rodeado de lujos, ceremonias y sirvientes.
En otras palabras, el imperio había desaparecido, pero el emperador continuaba viviendo como si nada hubiera pasado.
Hay algo fascinante y, al mismo tiempo, bastante triste en esa situación. Puyi seguía disfrutando de sus privilegios, pero estaba siendo educado para representar un papel que ya no tenía el mismo significado. Era como vivir dentro de un enorme escenario después de que el público se hubiera marchado.
Y todavía hubo quienes intentaron devolverlo al trono.
En 1917, el señor de la guerra Zhang Xun organizó una breve restauración monárquica y proclamó nuevamente emperador a Puyi. La aventura duró apenas doce días, hasta que las fuerzas republicanas recuperaron el control de Pekín.
La restauración fracasó y Puyi volvió a quedar relegado a una posición simbólica. Su vida, sin embargo, continuaba siendo extraordinariamente peculiar: tenía todo lo que podía desear, pero apenas podía decidir sobre su propia existencia.
Reginald Johnston: el tutor que le abrió una ventana al mundo
En 1919 llegó a la corte un personaje que tendría una influencia importante en la vida de Puyi: Reginald Johnston, un diplomático y académico escocés contratado como tutor.
Johnston hablaba chino y conocía la cultura occidental. Su presencia introdujo nuevas ideas en la educación del joven emperador, que hasta entonces había recibido una formación centrada en las tradiciones de la corte y en su supuesto carácter sagrado.
Con él, Puyi comenzó a interesarse por el mundo exterior. Aprendió sobre otras culturas y empezó a cuestionar algunas de las costumbres que habían regido su vida desde la infancia.
También adoptó el nombre occidental de Henry, comenzó a usar anteojos y se cortó la tradicional trenza manchú, una decisión que provocó conmoción en su entorno.
Para nosotros, cortarse el cabello puede parecer una decisión sin importancia. En aquel contexto, sin embargo, la trenza tenía una larga historia política y cultural. El gesto de Puyi simbolizaba su deseo de acercarse a un mundo distinto del que conocía.
Johnston consiguió ampliar sus horizontes, aunque no logró convertirlo de la noche a la mañana en un hombre independiente. Puyi seguía acostumbrado a que otros resolvieran sus problemas y a que sus deseos fueran atendidos.
Aprender sobre el mundo no significaba necesariamente aprender a vivir en él.
Y esa sería una de las grandes contradicciones de su vida: podía adoptar costumbres occidentales y mostrar interés por nuevas ideas, pero seguía aferrado a la esperanza de recuperar su antigua posición.
Matrimonios imperiales: mucho protocolo y poca felicidad
En 1922 llegó el momento de organizar el matrimonio de Puyi. Siguiendo las costumbres de la corte, le presentaron fotografías de posibles esposas para que eligiera.
Su primera preferencia fue Wenxiu, pero la corte consideró que no era adecuada para ocupar el puesto de emperatriz. Finalmente, se casó con Wanrong, una joven perteneciente a una familia aristocrática, mientras Wenxiu pasó a ser una de sus consortes.
La boda se celebró en otoño de ese año. Los dos eran adolescentes y apenas se conocían. Su matrimonio estaba rodeado de ceremonias y expectativas dinásticas, pero eso no garantizaba que existiera una relación afectiva entre ellos.
En su autobiografía, Puyi escribió que sus cuatro esposas o consortes no eran verdaderas compañeras, sino figuras que cumplían un papel dentro de la corte.
Su vida matrimonial estuvo condicionada por las tradiciones imperiales, el aislamiento y sus propias dificultades para relacionarse con las mujeres de su entorno.
Wanrong, en particular, tendría un destino trágico. La joven había crecido en un ambiente aristocrático, pero su vida junto a Puyi estuvo marcada por la frustración y el deterioro de su situación personal. Más adelante desarrolló una dependencia del opio y murió en 1946, lejos de la vida privilegiada que había conocido en su juventud.
Wenxiu, por su parte, consiguió separarse de Puyi en 1931, una decisión extraordinaria para una mujer de su posición y en las circunstancias de la época.
Expulsado del palacio: la realidad llama a la puerta
En 1924, el panorama cambió radicalmente. Un golpe encabezado por el señor de la guerra Feng Yuxiang puso fin a las condiciones especiales de las que disfrutaba la antigua familia imperial. Puyi perdió sus privilegios y tuvo que abandonar la Ciudad Prohibida.
Por primera vez, el hombre que había pasado casi toda su vida protegido por los muros del palacio tuvo que enfrentarse a un mundo que no estaba obligado a obedecerle.
Buscó refugio en la concesión japonesa de Tianjin, donde se instaló en 1925. Allí volvió a rodearse de aristócratas, antiguos funcionarios y personas interesadas en ayudarlo a recuperar el trono. Porque, a pesar de haber perdido dos veces la corona, seguía soñando con recuperarla.
Los japoneses comprendieron que ese deseo podía serles útil. Japón buscaba expandir su influencia en Asia y consideraba Manchuria, una región rica en recursos naturales, fundamental para sus ambiciones militares y económicas.
Puyi era descendiente de la dinastía que había gobernado China y podía servir como figura legitimadora de un nuevo régimen. Para él, en cambio, los japoneses parecían ofrecerle una oportunidad de volver a ser emperador.
Manchukuo: emperador de nombre, prisionero de hecho
En 1931, Japón invadió Manchuria y al año siguiente estableció el Estado de Manchukuo. Puyi fue nombrado jefe del nuevo Estado en 1932 y, en 1934, coronado emperador con el nombre de K’ang-te. Después de tantos años soñando con volver al trono, finalmente lo había conseguido.
¿O no?
Manchukuo era un Estado bajo control japonés. Las decisiones importantes estaban en manos de las autoridades japonesas, especialmente del Ejército de Kwantung. Puyi tenía un título imperial, ceremonias oficiales y una corte, pero su margen de decisión era muy limitado.
La historia se repetía, aunque ahora de una manera mucho más oscura. De niño había sido emperador bajo la tutela de adultos que gobernaban en su nombre. De adulto volvía a ocupar el trono, pero esta vez bajo la influencia de una potencia extranjera que tenía sus propios intereses. Puyi se presentó como un monarca tradicional y aceptó las exigencias de sus patrocinadores japoneses. Llegó incluso a adoptar públicamente prácticas religiosas promovidas por las autoridades de Manchukuo, incluida la veneración vinculada al sintoísmo estatal japonés.
Para él, Japón representaba una oportunidad de recuperar el poder y quizá restaurar la dinastía Qing en China. Para Japón, él era una figura útil para justificar su dominio sobre Manchuria.
La diferencia entre ambas expectativas terminó siendo evidente: Puyi quería recuperar un imperio; los japoneses querían consolidar el suyo.
Pero tampoco conviene presentarlo únicamente como una víctima sin responsabilidad. Aunque su libertad de acción estaba muy limitada, aceptó colaborar con el régimen de Manchukuo y su figura contribuyó a legitimar la ocupación japonesa.
Esta contradicción hace que su historia sea mucho más interesante que la de un simple emperador destronado. Fue manipulado por distintos gobiernos, pero también tomó decisiones impulsadas por su deseo de recuperar el poder.
La caída definitiva
En agosto de 1945, la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial y la entrada de las tropas soviéticas en Manchuria provocaron el derrumbe de Manchukuo.
Puyi intentó escapar, pero fue capturado por los soviéticos y trasladado a la Unión Soviética. El hombre que había sido emperador de China y después de Manchukuo volvió a convertirse en prisionero.
En 1946 declaró ante el Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente, en Tokio, sobre la ocupación japonesa y su papel en Manchukuo. Durante su testimonio sostuvo que había estado sometido al control de los japoneses. Su declaración formó parte de un proceso en el que se examinó la responsabilidad de los dirigentes y colaboradores del régimen.
En 1950 fue entregado a las autoridades de la República Popular China.
Ahora estaba en manos de un gobierno que había acabado con el sistema imperial y que veía en él un símbolo del antiguo orden.
Puyi pasó casi una década en un centro de detención para criminales de guerra en Fushun, donde participó en un proceso de reeducación política. Allí tuvo que enfrentarse a su pasado, reconocer su colaboración con los japoneses y aprender a vivir sin los privilegios que habían definido su existencia.
El gobierno comunista pretendía demostrar que incluso una figura asociada con la monarquía y la ocupación extranjera podía transformarse en un ciudadano del nuevo régimen.
En 1959, Puyi recibió una amnistía y fue liberado.
Tenía 53 años y comenzaba una etapa de su vida para la que nadie lo había preparado: vivir como una persona común.
De emperador a ciudadano
Después de su liberación, Puyi trabajó en el Jardín Botánico de Pekín y posteriormente desempeñó labores vinculadas con la historia y la política. En 1962 se casó con Li Shuxian, quien sería su última esposa.
Por primera vez en su vida, ya no era necesario inclinarse ante él ni llamarlo «Hijo del Cielo». Su existencia se desarrollaba lejos de los palacios y las ceremonias imperiales.
Sin embargo, la tranquilidad fue relativa. En 1966 comenzó la Revolución Cultural, una campaña política impulsada por Mao Zedong que desencadenó persecuciones contra intelectuales, funcionarios y personas asociadas con el antiguo orden social.
Puyi era una figura histórica incómoda: había sido emperador, había colaborado con Japón y después había sido presentado como ejemplo de reeducación por el régimen comunista.
Murió en Pekín el 17 de octubre de 1967, a los 61 años, a causa de complicaciones relacionadas con un cáncer de riñón y otras enfermedades.
Su vida había comenzado entre ceremonias imperiales y terminó lejos de la corte que alguna vez creyó que le pertenecía por derecho divino.
En 1964 se publicó su autobiografía, From Emperor to Citizen (De emperador a ciudadano), en la que relató su trayectoria desde la infancia en la Ciudad Prohibida hasta su vida bajo el régimen comunista. El libro es una fuente fundamental para conocer su versión de los acontecimientos, aunque, como sucede con cualquier autobiografía, conviene recordar que se trata de su propia interpretación de la historia.
¿Vale la pena ver El último emperador?
Sí, especialmente si te interesan las películas basadas en hechos reales que cuentan mucho más que una sucesión de acontecimientos históricos.
Es una historia de poder, pero también de identidad, aislamiento y adaptación. Aunque su protagonista no siempre resulte simpático, es difícil no preguntarse qué habría sido de él si hubiera tenido una infancia distinta, si hubiese conocido el mundo fuera del palacio antes de convertirse en su prisionero o si hubiera dejado de perseguir una corona que, en realidad, nunca estuvo completamente en sus manos.
Eso sí, hay que verla recordando que el cine organiza la realidad para contar una historia. Algunas escenas condensan años de acontecimientos y otras modifican detalles para que el relato funcione mejor. Después de verla, vale la pena investigar qué ocurrió realmente.
La vida de Puyi demuestra que tener una corona no significa tener libertad, que vivir rodeado de sirvientes no garantiza compañía y que perder el poder puede ser mucho más difícil para alguien que nunca aprendió a vivir sin él.
Al final, el último emperador no terminó siendo recordado por haber recuperado su trono, sino por haber sobrevivido a su desaparición.
Y quizá esa sea la parte más extraña de toda esta historia: el hombre que pasó su infancia convencido de ser el centro del universo terminó viviendo en un mundo que siguió adelante perfectamente sin él.
Referencias:
https://www.filmaffinity.com/mx/film549520.html
https://www.bbc.com/mundo/noticias-57735517
https://mcnbiografias.com/app-bio/do/puyi#Manchukuo_El_Titere_del_Imperio_Japones

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